
THE FLY (1986) DIRECTOR: DAVID CRONENBERG
«Observa a la mosca: incansable exploradora de lo efímero, guardiana de lo que se disipa. Es la musa de la persistencia, la que nos recuerda que incluso lo más pequeño puede volar por encima de la indiferencia y hallar un propósito en cada instante. Su zumbido no es un fastidio, sino la banda sonora de la tenacidad.«
Aceptémoslo: cuando una mosca zumba alrededor de tu cena, lo último que sientes es gratitud. Sin embargo, aunque parezcan diseñadas para ponernos a prueba, estos insectos son piezas maestras en el engranaje de la vida. Mucho antes de que el primer humano caminara sobre la Tierra, ellas ya dominaban el aire.
El escuadrón de limpieza definitivo:
Las moscas son las gestoras de residuos más eficientes del mundo natural. Su especialidad es procesar lo que nadie más quiere: cadáveres, excrementos y materia en descomposición.
Reciclaje de nutrientes: Al consumir desechos, los transforman en materia simple que regresa al suelo como abono de alta calidad. Sin ellas, el ciclo de crecimiento de las plantas se detendría.
Barrera sanitaria: Aunque parezca contradictorio, su labor acelera la desaparición de focos infecciosos que, de otro modo, propagarían enfermedades mucho más graves.
Polinizadoras de élite
Las abejas se llevan la fama, pero las moscas —especialmente los sírfidos— son trabajadores incansables de la botánica.
Sin moscas no hay cacao: El chocolate depende casi exclusivamente de los mosquitos del género Forcipomyia. Sin estos diminutos polinizadores, este manjar simplemente no existiría.
Resistencia extrema: En climas gélidos donde las abejas no sobreviven, las moscas asumen la responsabilidad de mantener viva la flora local.
Un pilar en la cadena alimenticia
Si las moscas desaparecieran, el colapso ecológico sería inmediato. Son el «menú del día» para una variedad asombrosa de especies: desde aves y murciélagos hasta reptiles y anfibios. Incluso en la industria moderna, sus larvas se perfilan como la fuente de proteína sostenible del futuro para alimentar ganado y peces.
La ciencia moderna tiene una deuda de honor con la humilde mosca:
Genética: La Drosophila melanogaster (mosca de la fruta) ha sido la llave para descifrar el genoma humano y entender enfermedades hereditarias.
Medicina forense: Gracias a sus ciclos de vida precisos, son los testigos más fiables para determinar el tiempo que un cuerpo lleva fallecido.
Un pilar en la cadena alimenticia
El rechazo que sentimos no es un capricho; es un mecanismo de supervivencia grabado en nuestro ADN.
El factor biológico: Sabemos que sus patas transportan bacterias como Salmonella o E. coli. Además, su método de alimentación —vomitar enzimas para licuar la comida— es el repelente social perfecto.
Guerra de nervios: Su zumbido irritante y su persistencia infinita parecen un ataque directo a nuestra paz mental. Poseen una visión de 360 grados y un cerebro que procesa la información siete veces más rápido que el nuestro; básicamente, nos ven movernos en cámara lenta.
Simbolismo cultural: Durante siglos, las moscas han sido heraldos de la corrupción y el abandono, reforzando nuestro instinto de alejarlas.
Un pilar en la cadena alimenticia
Si la historia de la Tierra fuera un día de 24 horas, las moscas aparecerían a las 10:40 de la noche. Los seres humanos, en cambio, llegaríamos apenas un par de segundos antes de la medianoche.
Aparecieron hace 250 millones de años, sobreviviendo a extinciones masivas que borraron a los dinosaurios del mapa. Son aviadoras insuperables gracias a sus halterios (balancines que funcionan como giroscopios) y poseen una capacidad de adaptación que ya quisiéramos para nosotros.
Para imaginar a las moscas prehistóricas, tenemos que hacer un viaje de millones de años hacia atrás, a un mundo donde la atmósfera y los ecosistemas eran radicalmente distintos. Aunque solemos imaginar insectos gigantes del tamaño de águilas (como las famosas libélulas Meganeura), las moscas tuvieron una evolución más sutil pero igual de impresionante.
A diferencia de otros insectos del Paleozoico, las moscas (orden Diptera) aparecieron un poco después, en el Triásico (hace unos 240 millones de años).
No eran del tamaño de pájaros: Para cuando las moscas evolucionaron, los niveles de oxígeno en la Tierra ya habían bajado un poco respecto al Carbonífero.
Eran más robustas: Muchos de los fósiles encontrados muestran moscas con cuerpos más grandes y patas mucho más gruesas que las actuales. Algunas especies de «moscas grúa» o típulas prehistóricas podían tener una envergadura de alas de unos 10 a 15 centímetros, lo cual es enorme comparado con la mosca doméstica común.
Los «protodípteros»: El eslabón perdido
Antes de las moscas modernas, existieron los Permotipulidae.
Cuatro alas en lugar de dos: A diferencia de las moscas actuales que solo tienen dos alas (y dos balancines para equilibrarse), sus ancestros tenían cuatro alas funcionales.
La gran transformación: Con el tiempo, el par trasero de alas se encogió y se especializó hasta convertirse en los halterios (esos pequeños «palitos» con punta de bola que usan para girar en el aire con precisión quirúrgica). Esa fue la mejora tecnológica que las hizo invencibles.
Armas de caza: Moscas con «dientes»
En el período Jurásico y Cretácico, las moscas empezaron a diversificarse de forma agresiva junto a los dinosaurios:
Moscas depredadoras: Existían especies con mandíbulas mucho más potentes diseñadas para cazar otros insectos en vuelo.
Acompañantes de dinosaurios: Se han encontrado fósiles en ámbar de moscas que ya tenían piezas bucales diseñadas para perforar pieles gruesas (similares a los tábanos actuales). Es muy probable que molestaran a los dinosaurios tanto como nos molestan a nosotros hoy.
La mayor parte de lo que sabemos de estas «super moscas» es gracias a la resina de los árboles antiguos.
El ámbar ha conservado moscas de hace 100 millones de años con tal detalle que se pueden ver hasta los pelos microscópicos de sus patas y las facetas de sus ojos.
Gracias a esto, sabemos que su diseño básico ha cambiado muy poco. Si pudieras viajar al pasado, reconocerías a una mosca del Cretácico al instante. Son un diseño biológico que alcanzó la perfección muy pronto.
Es increíble pensar que mientras un T-Rex caminaba por la selva, una mosca muy parecida a la que ves en tu cocina ya estaba allí, probablemente intentando aterrizar sobre él.
La gran ironía es que muchas especies se han vuelto sinantrópicas: han evolucionado para vivir a nuestra sombra, aprovechando nuestra basura y nuestra comida. Ellas no nos necesitan para sobrevivir, pero nosotros, aunque nos cueste admitirlo, dependemos de su incansable y ruidoso trabajo.

¿Podríamos sobrevivir sin ellas?
Si mañana despertáramos en un mundo sin moscas, no moriríamos de inmediato, pero activaríamos una cuenta atrás hacia un colapso sistémico. Sin ellas, nos enfrentaríamos a un escenario digno de una novela distópica:
El silencio de los polinizadores: La agricultura sufriría un golpe mortal. Perderíamos el chocolate (al extinguirse el mosquito del cacao) y la diversidad de frutas y verduras caería drásticamente, provocando crisis alimentarias globales.
Un planeta sepultado en desechos: Sin larvas descomponedoras, los cadáveres animales y excrementos tardarían meses en desaparecer. Los nutrientes quedarían atrapados en la materia orgánica inerte, volviendo el suelo estéril y deteniendo el crecimiento de nuevas plantas.
Hambruna en la cadena trófica: Aves, reptiles y anfibios perderían su principal fuente de energía. Su extinción arrastraría a sus depredadores, creando un efecto de cascada que vaciaría nuestros ecosistemas.
La verdad incómoda: Ya las estás comiendo
Es posible que no las veamos en el menú, pero las moscas ya forman parte de nuestra dieta. Las autoridades sanitarias internacionales (como la FDA o la EFSA) admiten lo que denominan «Defectos Naturales Inevitables».
Debido a que los alimentos crecen en la naturaleza, es técnicamente imposible (y económicamente inviable) garantizar un riesgo cero de insectos en la industria:
Salsas de tomate: Es legal encontrar trazas de huevos o larvas en productos derivados del tomate.
Especias y setas: Al secarse al aire libre, suelen «atrapar» pequeños insectos que terminan molidos en el producto final.
Chocolate: Se estima que una barra promedio contiene fragmentos microscópicos de insectos que quedaron atrapados durante la fermentación del grano.
¿Debemos preocuparnos?
En absoluto. Los procesos térmicos de esterilización eliminan cualquier patógeno, convirtiendo esos fragmentos en simples trazas de proteína y quitina. De hecho, se calcula que consumimos, sin saberlo, entre 400 y 900 gramos de insectos al año.
El «Superalimento» del futuro
Irónicamente, la solución al hambre en el mundo y al cambio climático podría estar en la misma criatura que intentamos espantar de la cocina. La entomofagia (consumo de insectos) se perfila como la industria más prometedora del siglo XXI:
Bombas nutricionales: Las larvas de especies como la Mosca Soldado Negra poseen entre un 40% y 60% de proteína de alta calidad, rica en aminoácidos esenciales y calcio.
Sostenibilidad radical: Criar moscas requiere una fracción mínima de agua y espacio comparada con el ganado vacuno. Además, crecen a una velocidad asombrosa, aumentando su peso miles de veces en días.
Economía circular: Son capaces de transformar basura orgánica en proteína pura. Es el reciclaje perfecto: convertir desperdicios en «oro nutricional».
El reto no es científico, sino cultural. El futuro no consistirá en comer moscas enteras, sino en integrar su harina en panes, pastas y barritas energéticas. Lo que hoy nos produce rechazo, mañana podría ser la clave para alimentar a una población mundial que no deja de crecer.
La Mosca. David Cronenberg: El trauma de la Nueva Carne
En el vasto catálogo del horror contemporáneo, pocas obras han logrado diseccionar la fragilidad de la condición humana con la precisión quirúrgica de David Cronenberg. Cuando en 1986 el cineasta canadiense decidió revisitar el material de George Langelaan —ya adaptado con ingenuidad por Kurt Neumann en 1958—, no entregó un simple remake. Entregó una elegía fúnebre sobre la identidad, la ciencia y la inevitable decadencia biológica.
El Error en la Máquina: Soberanía Tecnológica y Caos
La premisa es, en apariencia, un cuento de advertencia sobre la hibridación: Seth Brundle (un Jeff Goldblum cuya interpretación mosqueada y eléctrica roza la perfección) es un científico que busca la soberanía absoluta sobre el espacio mediante la teleportación. Sin embargo, Cronenberg utiliza el «Telepod» como un altar de sacrificio. El drama no reside en la máquina, sino en la «imprudencia del demiurgo»: el momento en que un elemento ajeno —una mosca— se introduce en el proceso, fusionando dos códigos genéticos en un abrazo repulsivo.
A diferencia de la versión de 1958, que hoy resulta risible frente al horror moderno, la versión de Cronenberg es una introspección incisiva y dramática. Aquí, la tecnología inestable no es solo un peligro físico; es el catalizador de una destrucción de la identidad, tanto mental como física.
Una Metamorfosis Operística
La transformación de Brundle en el «primer insecto político» es una metáfora brutal sobre el envejecimiento y la muerte. Como espectadores, asistimos a una «monster movie» sublime que llega más lejos de lo imaginable, culminando en una de las escenas más aterradoras y repugnantes de la historia del cine: la visión final del nuevo ser, emanando una compasión y empatía que resultan, paradójicamente, insoportables.

Acompañada por la partitura grandilocuente de Howard Shore —un tono operístico cincelado en el horror—, la película avanza en un crescendo narrativo magistral. Shore capta en temas como Plasma Pool la intensidad del horror que arrebata al personaje. Mientras Brundle se descompone, la película se desprende de su fachada de ciencia-ficción para convertirse en un drama gótico y escatológico.
El Legado del Rey del Terror Quirúrgico
Junto a David Lynch, Cronenberg se posiciona como el director más impredecible de su era. A través de este cuento de fantasía oscura, nos recuerda que los insectos no tienen política; son brutales y no admiten compromisos.
«La Mosca» no es solo el mejor trabajo de su director; es una lección magistral sobre cómo el estudio de la mente humana, ese laberinto desconocido, puede aguardar las estancias más perturbadoras. En un mundo de biopics asépticos y complacientes, la obra de Cronenberg permanece como un recordatorio sangriento de que somos, en esencia, carne que sueña con ser eterna, solo para despertar siendo insectos.


