
Bajo el mando de Mao, la economía planificada solo produjo estancamiento y hambrunas
En la teoría, el comunismo es la abolición del Estado, del dinero y de las clases. En la práctica, es una dictadura jerárquica que utiliza el capitalismo para no morir de hambre. China es el ejemplo perfecto de este «milagro» contradictorio: un país que se autodenomina comunista mientras gestiona la economía dirigida más sofisticada —y capitalista— del planeta. Como dijo Deng Xiaoping: «No importa si el gato es blanco o negro, lo importante es que cace ratones». Y en China, el gato lleva décadas dándose un festín.
El mito del «proceso» hacia 2087
Los defensores del régimen hablan de metas a largo plazo, afirmando que China alcanzará el comunismo real en 2087. Es una narrativa conveniente para justificar un fascismo con características chinas. La realidad es que China no está trabajando para abolir el Estado, sino para hacerlo eterno.
Bajo el mando de Mao, la economía planificada solo produjo estancamiento y hambrunas. Fue el «capitalista clandestino» Deng Xiaoping quien comprendió que la única forma de salvar al Partido era infiltrándole el virus del libre mercado. El experimento de Shenzhen, que pasó de ser un pueblo de pescadores a una megaciudad de 17 millones de personas, fue la admisión tácita de que el socialismo no funciona sin el motor de la inversión extranjera y la propiedad privada.
La clase dominante y el espejismo del control
Se dice que en China los multimillonarios están bajo el control del pueblo, pero esa es una lectura ingenua de la economía. Lo que existe es un capitalismo de Estado donde las corporaciones deben someterse a la voluntad del PCCh no por ideología, sino por supervivencia.
El problema fundamental es que el comunismo ignora la biología humana. Los seres humanos no somos piezas estáticas de un tablero; nuestro instinto evolutivo de «autoservicio» es demasiado potente para ser entrenado o deseado fuera de la ecuación. Cualquier sistema que prohíba el dinero o la propiedad privada en la era de las criptomonedas requeriría un Estado aún más represivo para aplicarlo, creando inevitablemente una nueva clase dominante: los burócratas y administradores que vigilan que nadie prospere más que el resto.
La utopía requiere un despertar, no un dictador
Muchos socialistas sostienen que la utopía solo será factible cuando la humanidad trascienda espiritualmente el egocentrismo por voluntad propia. Pero los seres humanos rara vez quieren trabajar en sí mismos; prefieren que el mundo exterior se transforme mágicamente. Mientras tanto, China se vende como un camaleón: es socialista si necesitas datos de crecimiento estatal, y capitalista si necesitas atraer inversores.
Hoy, con Xi Jinping revirtiendo el progreso de las zonas económicas especiales y consolidando un poder autoritario, el futuro del «milagro» está en duda. Sin una verdadera democracia, no hay socialismo; lo que queda es una jerarquía donde los incentivos para innovar mueren bajo el peso de la vigilancia.
El fracaso del igualitarismo forzado
China no es la última esperanza del socialismo; es el cementerio de sus ideales originales. Si los países nórdicos se acercan a un sistema socialdemócrata funcional, es precisamente porque mantienen la democracia y el libre mercado como ejes. En cambio, China es un estado «social imperialista» que ha demostrado que el capitalismo es la única herramienta capaz de sacar a millones de la pobreza, incluso si tienes que vestir a esa herramienta con una bandera roja para no admitir la derrota ideológica.


