
Gordon Gekko. Wall Street 2: el dinero nunca duerme. 2010
«Lo imposible es lo que Estados Unidos hace mejor». Con esta frase de su discurso inaugural de 2025, Donald Trump consolidó su regreso no solo a la Casa Blanca, sino al centro de un culto a la personalidad que ha redefinido la política estadounidense. Para sus seguidores, es el «underdog» imparable, el líder fuerte que Estados Unidos necesitaba tras décadas de desastre sistémico. Para sus críticos, es el resultado de una sociedad consumista y superficial que finalmente ha creado a su propio monstruo.
El retorno del «Hombre Fuerte»
Para una gran parte del electorado, la administración Trump representa el regreso de los adultos al poder. Su reciente éxito legislativo y el fortalecimiento sin precedentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) —que algunos comparan ya en presupuesto y alcance con ejércitos europeos— se perciben como el fin del caos. Trump no solo habla; conecta. Su oratoria, tachada de ruda por las élites, es para su base el lenguaje de la verdad en un mar de corrección política y «cerebros lavados» por el sistema educativo.
Sus partidarios ven en él a un presidente que prioriza a los estadounidenses por encima de los votos, alguien dispuesto a desmantelar la corrupción del «unipartidismo» incluso a costa de una resistencia implacable. En este relato, 2020 fue una anomalía que requería revisión, y 2025 es el inicio de una era donde el orden y la financiación estatal finalmente fluyen hacia donde deben.
El espejo de Gordon Gekko (Wall Street)
Sin embargo, existe otra lectura. La que ve a Trump no como una ruptura, sino como la evolución lógica de la era Reagan. En los años 80, Trump emergió como la versión real de Gordon Gekko: la avaricia es buena, la imagen es el mensaje y el estilo devora a la sustancia. Bajo esta lupa, Trump es el «monstruo de Frankenstein» creado por los mismos medios de comunicación que hoy gritan horrorizados ante su presencia.
Es el resultado de una sociedad que sustituyó el contenido por los efectos especiales. Para estos observadores, la indignación actual de la élite es artificial; una reacción tardía de quienes fabricaron su imagen durante décadas y ahora se niegan a admitir su responsabilidad en el ascenso de un líder que es, en esencia, un producto de consumo masivo elevado a la categoría de deidad política.
La devoción frente a la historia
¿Puede la «grandeza» de un líder medirse con precisión por sus contemporáneos? Mientras sus simpatizantes lo consideran el líder más increíble que jamás haya existido, la historia nos recuerda que incluso figuras como Lincoln o Roosevelt fueron humanos profundamente imperfectos cuyas sombras solo se hicieron visibles con el paso de las décadas.
Para algunos, Trump es una «venganza» necesaria, una llave inglesa arrojada a los engranajes de un sistema podrido para acelerar su colapso o su transformación. Para otros, es un compromiso total con el pueblo. Lo que es innegable es que ha destruido el molde de la política tradicional.
Veredicto: El reto de 2028
Con JD Vance en el horizonte para 2028, el «trumpismo» se enfrenta a su prueba de fuego: demostrar si es un movimiento institucional capaz de generar una «Edad Dorada» o si depende exclusivamente del magnetismo de un hombre que, a pesar de su energía, no puede luchar contra el tiempo. Lo que queda es un país donde el orden ha vuelto para unos, mientras que para otros, el tejido social se ha estirado hasta un punto de no retorno.


