
el obrero en las fábricas de Shenzhen vive donde trabaja
En Occidente, la palabra «comunismo» se lanza como un insulto o una advertencia, a menudo sin abrir un solo libro de teoría. Escuchamos a liberales y conservadores condenar a China bajo la misma etiqueta que la URSS de los años 50, pero la realidad material de Pekín cuenta una historia mucho más compleja. ¿Es China un país comunista, o es el capitalismo más eficiente y autoritario del planeta?
La paradoja del capitalista estatal
Si aplicamos la definición técnica del comunismo —una sociedad sin Estado, sin clases y sin dinero—, China suspende en todas las materias. Tienen un Estado omnipotente, una moneda que domina los mercados globales y una clase de multimillonarios que haría palidecer a los barones del siglo XIX. A simple vista, parece un «capitalismo desbocado» bajo una bandera roja.
Sin embargo, el partido comunista chino sostiene que no han fracasado, sino que están siguiendo el manual de Marx al pie de la letra. Para el marxismo ortodoxo, el capitalismo no es un error, sino un «mal necesario»: una etapa de industrialización masiva y exceso de oferta que debe preceder a la revolución socialista. China ha decidido que, si la burguesía no hizo su revolución, el Partido la hará por ellos. Están utilizando el libre mercado para sacar a millones de la pobreza y automatizar la producción, con la promesa de que, algún día, «accionarán el interruptor» hacia el verdadero socialismo.
La clase gerencial y el costo del progreso
A pesar de la narrativa de «propiedad colectiva», el control es absoluto y vertical. Ha surgido una clase gerencial —directores y burócratas designados por el Partido— con mejores viviendas, salarios y privilegios. Es el «socialismo realmente existente»: un sistema donde el Estado monopoliza la tierra y las industrias estratégicas, mientras permite que los emprendedores privados coexistan siempre y cuando no desafíen el poder político.
Para el trabajador chino, la realidad es cruda. Mientras Occidente debate sobre la justicia del capitalismo desde la comodidad de sus oficinas, el obrero en las fábricas de Shenzhen vive donde trabaja, viaja en trenes de clase proletaria y sabe que cualquier protesta contra el sistema puede terminar con un ingreso en prisión. Con un 13% de la población aún bajo el umbral de la pobreza de 5,50 dólares al día, China es una maquinaria de producción que no admite disidencia ni sindicatos libres.
Idealismo vs. Pragmatismo: La lucha por la etiqueta
Aquí es donde la izquierda occidental se divide. Por un lado, están los idealistas que llaman a todo «capitalismo» si no encaja en su utopía imaginaria. Por otro, los pragmáticos que ven en China un ejercicio de realismo materialista: una adaptación a las condiciones reales del siglo XXI para alcanzar el poder global.
Llamar a China «comunista» hoy es, en parte, un residuo de la propaganda de la era Reagan, pero ignorar su estructura socialista de control estatal es un error de diagnóstico. China no es el partido nazi de Hitler, aunque comparta su autoritarismo; es una corporación estatal masiva que utiliza las herramientas del capital para cimentar una hegemonía que, irónicamente, pretende acabar con el capitalismo.
Veredicto: El socialismo de los resultados
China ha demostrado que el capitalismo funciona para aumentar la prosperidad… cuando el Estado sostiene el látigo. Han logrado resultados que el comunismo soviético jamás soñó, pero a cambio de sacrificar los derechos civiles y crear una de las sociedades más vigiladas del mundo. Si China es el futuro del socialismo, es un futuro que se parece mucho a una fábrica de alta tecnología de la que nadie tiene la llave de salida.


