Alan Moore de escritor a brujo

IMAGEN DEL ESCRITOR: ALAN MOORE EN BLANCO Y NEGRO. ZOOM DE SU ROSTRO, PELO LARGO Y BARBA LARGA.

¿Alan Moore es uno de los escritores más controvertidos del panorama actual aunque apenas se hable de él?


El Ermitaño de Northampton: Por qué el silencio de Alan Moore es el grito más fuerte de la cultura pop

En una era donde la relevancia se mide en hashtags y la inmortalidad se alquila mediante contratos de exclusividad con Disney+, Alan Moore ha logrado lo impensable: convertirse en el hombre más influyente del entretenimiento moderno a través de su ausencia absoluta. Desde su retiro en las entrañas de Northampton, el bardo de la barba fluvial y los anillos de plata observa cómo el incendio que él mismo inició hace cuarenta años sigue devorando la imaginación de Occidente.

La paradoja de Alan Moore es que es «invisible» por elección propia, pero su sombra es tan larga que sigue definiendo la industria del cómic y la narrativa transmedia actual.

Decir que es uno de los escritores más controvertidos es quedarse corto; Moore es, en esencia, el disidente oficial de la cultura pop moderna. Aquí te explico por qué sigue siendo una figura incendiaria a pesar de su retiro:

Moore no usa redes sociales, no da entrevistas comerciales y vive retirado de los focos en Northampton. Sin embargo, su silencio es ruidoso. Se habla poco de él en los círculos de marketing, pero se habla mucho de él en los círculos de autoría y derechos legales. Su renuncia a recibir regalías de las adaptaciones de DC Comics (pidiendo que ese dinero se reparta entre los dibujantes) es un acto de rebeldía sin precedentes.

Moore no es solo un escritor controvertido; es el «disidente oficial» de una industria que se niega a dejarlo marchar. Su figura plantea una paradoja que incomoda a los consejos de administración de Burbank: ¿Cómo se gestiona el legado de un genio que desprecia activamente el uso que haces de su obra?


El pecado de la madurez

La tragedia de Moore es la del alquimista que convirtió el cobre en oro, solo para descubrir que el mundo prefería comerse el metal antes que entender la fórmula. Con Watchmen y The Killing Joke, Moore inyectó una dosis de realismo sucio y complejidad política en el género de los superhéroes. Su intención era desmitificarlos, y darle al público lo qué quiere ver mostrando las costuras fascistas de los hombres en mallas.

Sin embargo, Hollywood malinterpretó el mensaje. En lugar de entender sus obras como el «punto final» del género, las utilizaron como el plano de construcción para un parque de atracciones de cinismo estético. Moore, con una honestidad que resulta casi ofensiva en el clima comercial actual, se ha arrepentido públicamente de haber «adultizado» un juguete infantil. Para él, la obsesión de los adultos de 40 años por las capas y las máscaras no es una edad de oro de la narrativa, sino un síntoma de estancamiento emocional.


La integridad como acto de guerra

Lo que realmente irrita a la industria no es su misticismo ni su adoración por Glycon, el dios serpiente. Lo que les aterra es su indiferencia hacia el dinero.

En un mundo donde cualquier autor vendería su alma por un crédito de «Productor Ejecutivo», Alan Moore exige que su nombre sea borrado de los créditos de las superproducciones. Su negativa a cobrar regalías, pidiendo que los cheques de DC Comics se desvíen a sus colaboradores o a causas sociales como Black Lives Matter, es el último gesto de punkismo puro. Al rechazar el oro, Moore invalida la única herramienta de control que las corporaciones saben usar.

Su guerra contra el cine de superhéroes Es quizá su punto más polémico. Moore ha sido ha criticado la infantilización de la sociedad a través del éxito masivo de Marvel y DC.

Su postura: Considera que los superhéroes son personajes creados para entretener a niños de hace 80 años y que su dominio actual en la cultura adulta es una señal de «estancamiento emocional».

La ironía: Él es el autor de Watchmen y The Killing Joke, las obras que precisamente «maduraron» el género, algo de lo que él mismo se ha arrepentido públicamente.


La defensa de la autoría original

Moore es el estandarte de la lucha por los derechos de autor. Su controversia no es solo estética, sino ética. Al negarse a que su nombre aparezca en películas como V de Vendetta o la serie de Watchmen de HBO, pone en evidencia las prácticas extractivas de las grandes corporaciones. Para muchos es un genio íntegro; para otros, un anciano amargado que no sabe evolucionar.

Moore no necesita estar en el ciclo de noticias diario para ser relevante. Cada vez que una película de superhéroes intenta ser «oscura y realista», está usando el lenguaje que él inventó, aunque él deteste el resultado. Es controvertido porque muerde la mano que lo alimenta (y la mano de todos los que consumimos esa cultura).

«Moore no genera titulares de ‘hype’; genera autopsias de la decadencia cultural.»


El mago en su laberinto

Mientras el cine de superhéroes muestra signos de agotamiento —esa fatiga del multiverso que Moore predijo como una implosión inevitable—, el autor se ha refugiado en la literatura «pura». Su novela Jerusalem, con ma´s de 600 mil palabras, desafía las leyes de la física y la paciencia del lector casual, es su respuesta final. Es una obra que no puede ser troceada para una serie de Netflix, un monumento a la geografía psíquica de su ciudad natal.

 LIBRO "JERUSALEM" DE ALAN MOORE. FORMATO TAPA DURA. PORTADA EN VARIOS COLORES, QUE REPRESENTA LA CIUDAD  Northampton QUE ES DONDE ESTÁ AMBIENTADA LA NOVELA.

Moore es, en esencia, un recordatorio incómodo. Es el espejo que refleja que nuestra cultura actual, por muy «oscura y realista» que pretenda ser, sigue viviendo de las cenizas de ideas que él desechó hace décadas.

Puede que para algunos sea un anciano amargado gritando a las nubes desde su balcón de Northampton. Pero para otros, Alan Moore es el último guardián de la autoría, un hombre que entiende que para que el arte tenga valor, el artista debe ser capaz de decir «no». Y en el Hollywood de hoy, no hay palabra más controvertida que esa.


De expulsado por trapichear con LSD a genio de la novela gráfica

Es fascinante cómo lo que para cualquier otro autor sería un «esqueleto en el armario», para Moore es el acta de fundación de su mitología. Sus detractores intentaron usar la expulsión como un mazo moralista, pero Moore lo utiliza como un escudo de autenticidad.

Si lo analizamos desde la óptica de su propia filosofía, ese incidente no fue un error de juventud, sino su iniciación forzosa. el sistema británico, Al cerrarle las puertas, le otorgó, la libertad más peligrosa: la de no tener nada que perder.

Cuando el director de «Northampton Grammar School» lo expulsó, no se limitó a echarlo; envió cartas a otras escuelas y universidades advirtiendo que Moore era una «influencia moralmente peligrosa».

En lugar de hundirse, Moore abrazó esa etiqueta. Si el sistema lo consideraba un peligro, él se encargaría de ser el peligro más elocuente de la literatura. Esa «peligrosidad» es la que luego destilaría en el anarquismo de V de Vendetta.


El «Efecto Mariposa» de la expulsión

Moore siempre ha dicho que esa expulsión fue lo mejor que le pudo pasar. Al ser expulsado con una carta de recomendación nefasta que le impedía entrar en cualquier otra institución educativa, se quedó sin futuro académico.

Consecuencia: Tuvo que buscarse la vida en trabajos precarios mientras dibujaba y escribía obsesivamente.

El resultado: Esa falta de educación formal lo salvó de ser un intelectual «académico» y lo convirtió en un autodidacta salvaje.


De la psicodelia química a la psicodelia lingüística

Moore dejó las drogas duras hace décadas (aunque es conocida su afición al cannabis), pero sostiene que el LSD le dio la «visión de rayos X» necesaria para ver las estructuras del lenguaje.


La psicodelia como herramienta narrativa

Para Moore, el uso de sustancias en los 60 y 70 no fue solo rebeldía adolescente, sino una exploración de la percepción.

En algunas de sus obras como Promethea o el capítulo final de Watchmen, se aprecia que su manejo de la estructura del tiempo y la conciencia no es lineal.

Él mismo admite que esas experiencias le enseñaron que la realidad es una construcción mental, una idea que más tarde formalizaría a través de su conversión a la magia ceremonial en su 40 cumpleaños.

Para él, la magia y la escritura son lo mismo: el arte de alterar la conciencia ajena mediante palabras y símbolos. El «camello» que vendía cartones de ácido simplemente evolucionó en el «mago» que vende viñetas que alteran la percepción de la realidad.


El espejo de la hipocresía corporativa

Hay una ironía deliciosa en que los críticos le reprochen haber vendido sustancias ilegales a los 17 años mientras defienden a corporaciones que explotan la dopamina infantil y adulta a través de algoritmos y franquicias interminables. Moore suele señalar que el entretenimiento de masas es el verdadero opio, diseñado para mantener a la población en un estado de «infantilismo permanente», mientras que sus experiencias juveniles buscaban, para bien o para mal, el despertar.


La paradoja final

Al final del día, Alan Moore es el único autor que puede decir que su carrera literaria nació de un acto de tráfico de sustancias y terminar siendo comparado con William Blake o John Milton. Los que intentan invalidarlo con su pasado no entienden que, para Moore, la realidad es algo que se moldea, no algo a lo que uno debe someterse.


El Prestidigitador de Northampton: ¿Es la «locura» de Alan Moore su mayor éxito comercial?

Durante décadas, la narrativa oficial sobre Alan Moore nos ha presentado a un ermitaño místico, un purista del arte que, desde su exilio autoimpuesto en las Midlands, lanza rayos contra la industria que lo hizo rico. Sin embargo, tras la espesa barba y los anillos de ORO de este adorador de serpientes, comienza a emerger una figura mucho más terrenal y, quizás, mucho más astuta: la del mago de las finanzas simbólicas.

La reciente controversia en torno a sus donaciones a Black Lives Matter —una organización hoy bajo la lupa del Departamento de Justicia de EE. UU. por la gestión opaca de fondos y la compra de mansiones de lujo— ha puesto a Moore en una situación comprometida para cualquier mortal. Pero Moore no es cualquier mortal; es un hombre que ha convertido el error ajeno en una validación de su propia cosmogonía.

La donación como «lavado» de marca

Para el observador casual, que Moore entregue sus regalías de DC Comics a una fundación envuelta en escándalos financieros es una negligencia administrativa. Para el analista de mercado, es una obra maestra de las relaciones públicas.


Moore entiende que el dinero generado por Watchmen o V de Vendetta es, a sus ojos, «dinero sucio», producto de una industria extractiva. Al desprenderse de él de forma tan ruidosa, realiza un acto de purificación pública. No busca la eficacia del dólar, sino el valor del gesto. Si la organización receptora resulta ser un nido de corrupción, Moore simplemente se encoge de hombros: para un anarquista místico, que el sistema sea corrupto no es una noticia, es una tesis. Mientras tanto, sus libros siguen en las estanterías, envueltos en un aura de integridad inalcanzable que ninguna campaña de marketing de un millón de dólares podría comprar.


Glycon: El dios que sirve de escudo

La faceta más «lunática» de Moore —su adoración a Glycon, una deidad que él mismo reconoce como un fraude histórico del siglo II— es, en realidad, su armadura intelectual más sólida. Glycon es el «dios marioneta»: una serpiente con crines de caballo creada por el falso profeta Alejandro de Abonutico.

Moore lo eligió precisamente por su origen apócrifo, bajo la premisa de que es más honesto adorar a un dios que sabes inventado que a uno que finge ser real. Es, en última instancia, su sátira definitiva contra la religión organizada.

REPRESENTACIÓN TALLADA EN PIEDRA DE LA DELEIDAD GLYCON. EL DIOS QUE VENERA ALAN MOORE.

Inmunidad Corporativa: Al declararse mago y seguidor de una marioneta con pelo de caballo, Moore se vuelve «radioactivo» para el capitalismo convencional. Ninguna multinacional intentará domesticar a un hombre que realiza rituales metafísicos en su salón.

Soberanía Creativa: Si el mercado te etiqueta como loco, dejas de estar obligado a ser coherente. Esa «locura» le otorga la licencia para escribir novelas de un millón de palabras como Jerusalem, ignorando las métricas de consumo actuales.

«La diferencia entre un loco y un mago —suele decir Moore— es que el mago sabe lo que está haciendo».


El negocio de la disidencia

Moore ha logrado algo que muy pocos autores consiguen: que su desprecio por el dinero aumente su valor de mercado. Al jugar a «dos bandas», mantiene a sus detractores ocupados señalando su hipocresía mientras sus seguidores compran su mística.

Es un juego de espejos donde la irresponsabilidad financiera se vende como superioridad moral. Moore no es un filántropo despistado que olvidó auditar a Black Lives Matter; es un artista que sabe que en el «Espacio de las Ideas», la intención pesa más que el resultado.

Al final del día, el hombre de Northampton ha demostrado ser el mejor guionista de su propia vida. Ha convertido su pasado controvertido en una epopeya de expansión mental y su presente como crítico feroz en una marca de lujo para intelectuales descontentos. Hollywood podrá tener los derechos de sus personajes, pero Moore tiene algo mucho más valioso: el control total de la narrativa. En la industria del entretenimiento, el truco final no es hacer desaparecer el dinero, sino hacer que el mundo te aplauda por perderlo.

«Moore no es una víctima de las circunstancias ni un anciano despistado; es un arquitecto de su propia narrativa. La controversia sobre Black Lives Matter y el destino de sus fondos no es un error de cálculo, sino una pieza más en su tablero de ajedrez simbólico.»


A casi cuatro décadas de su publicación, la obra maestra de Alan Moore y Dave Gibbons persiste no solo como una deconstrucción del superhéroe, sino como un espejo inquietante de nuestra propia fragilidad política y moral.

En 1986, el mundo del cómic experimentó un seísmo cuya onda expansiva aún define el paisaje cultural contemporáneo. Mientras el público general seguía asociando las viñetas con escapismo infantil, un escritor de Northampton llamado Alan Moore y un dibujante de una precisión arquitectónica, Dave Gibbons, publicaban Watchmen. No era solo un libro de «tipos con mallas»; era un artefacto literario de una densidad tal que la revista Time no dudó en incluirlo entre las 100 mejores novelas del siglo XX.


Un realismo descarnado bajo la máscara

La premisa parte de una pregunta tan simple como aterradora: ¿Y si los superhéroes fueran reales? La respuesta de Moore no es heroica, es patológica. En un 1985 alternativo donde la presencia del todopoderoso Dr. Manhattan ha alterado la Guerra Fría y la victoria en Vietnam, los vigilantes no son símbolos de esperanza, sino individuos fracturados, emocionalmente distantes o peligrosamente ideologizados.

El asesinato de Edward Blake, alias El Comediante, actúa como el catalizador de un mecanismo de relojería perfecto. A través de la investigación de Rorschach —un antihéroe cuya moralidad en blanco y negro es tan rígida como la máscara que porta—, el lector se sumerge en una conspiración que trasciende el simple crimen para cuestionar la base misma de la civilización y el costo de la paz mundial.


La arquitectura de una obra maestra

Lo que eleva a Watchmen por encima de cualquier competidor es su sofisticación técnica. La colaboración entre Moore y Gibbons dio lugar a innovaciones narrativas que hoy se estudian en facultades de literatura:

La estructura simétrica: El famoso Capítulo 5, «Terrible Simetría», donde la composición de cada viñeta es un espejo de la página opuesta, es un alarde de planificación visual que aprovecha el medio de la novela gráfica de una forma que el cine jamás podrá replicar.

Narrativa transmedia ‘avant la lettre’: Al final de cada capítulo, Moore inserta recortes de prensa, informes psiquiátricos y extractos de libros ficticios. Estos elementos no son mero relleno; dotan al universo de una textura y un realismo que hacen que el lector sienta que está ante una «grabación ilustrada» de hechos reales.

El uso del color: Lejos de los colores primarios chillones del género, la paleta de John Higgins utiliza tonos secundarios y matices emocionales que refuerzan esa atmósfera de ocaso y ansiedad nuclear.

El dilema moral: ¿Quién vigila a los vigilantes?
El corazón de la novela es su ambigüedad. Watchmen deconstruye el mito del poder absoluto y su capacidad inherente para corromper. Cada personaje representa una respuesta filosófica ante el caos: desde el nihilismo del Comediante hasta el utilitarismo radical de Ozymandias, pasando por la apatía divina del Dr. Manhattan, quien, al tener el poder de un dios, pierde el interés por la hormiga humana.

A diferencia de la notable adaptación cinematográfica de 2009, que a menudo priorizó la estética de la violencia, el cómic original se mantiene como una obra de una profundidad psicológica insuperable. Es una sátira social, un drama existencial y un misterio de asesinato, todo envuelto en una crítica feroz al intervencionismo y al totalitarismo.


Un legado inamovible

Hoy, en un mercado saturado de franquicias de superhéroes, Watchmen se lee con la misma urgencia que el día que salió de la imprenta. Su relevancia socio-política no ha envejecido; si acaso, nuestro mundo actual parece parecerse cada vez más a esas viñetas densas y cargadas de presagio.

No hace falta ser un devoto de las artes gráficas para acercarse a esta obra. Es, sencillamente, una de las mejores novelas de nuestro tiempo. Un libro de culto que debe ocupar un lugar de honor en cualquier biblioteca, no para ser guardado, sino para ser releído, analizado y, por qué no, presumido. Después de todo, el reloj sigue avanzando, y todavía nadie ha respondido satisfactoriamente a la pregunta: Quis custodiet ipsos custodes?

WATCHMEN PORTADA DE LIBRO. TAPA DURA. EN EL MARGÉN DERECHO Y EN VERTICAL ESTÁ ESCRITO "WATCHMEN". LAS LETRAS SON DE COLOR AMARILLO SOBRE FONDO NEGRO. EL RETO DE LA PORTADA ES DE COLOR AMARILLO, SE PUEDE VER UN OJO DE LA CHAPA SMILEY Y UNA GOTA ROJA QUE SE DESLIZA  POR LA PORTADA.

Londres, 1982. Mientras el Reino Unido se sumergía en las gélidas aguas de la Guerra Fría y la paranoia nuclear obligaba a las familias a considerar el grosor de sus muros, dos hombres en una habitación cargada de humo en Northampton estaban gestando un virus ideológico. Alan Moore y David Lloyd no solo crearon un cómic; diseñaron un artefacto explosivo que, cuatro décadas después, sigue detonando en cada rincón donde la libertad individual colisiona con el orden estatal.

La reciente reedición en tapa dura de esta obra maestra —una pieza cuya textura evoca la piel suave de un diario prohibido— nos obliga a revisitar la diferencia abismal entre el mito cinematográfico y la cruda realidad de la novela gráfica.


La colaboración del silencio: Lloyd y Moore

La genialidad de V de Vendetta reside en una restricción creativa casi ascética. David Lloyd impuso una regla de oro: nada de globos de pensamiento. En un medio acostumbrado a explicar cada duda del protagonista, Lloyd obligó al lector a interpretar el silencio. Sus pinceladas, que convierten a Londres en un laberinto de sombras y bruma victoriana, elevan la obra a una categoría pictórica que la película de 2005 —con su estética de videoclip y su discurso aliterado— apenas pudo rozar.

El error de Hollywood: Del anarquismo a la democracia liberal
Es aquí donde Moore se muestra más implacable. La película de las hermanas Wachowski transformó a V en un héroe de acción romántico, un luchador por la libertad que entrega el poder al pueblo como quien entrega un regalo envuelto. Moore, por el contrario, nos ofrece algo mucho más perturbador: la anarquía sin paliativos.

En el cómic, el destino de Londres no es un final feliz bajo una lluvia de fuegos artificiales. Es una carretera desierta hacia la oscuridad. V no es un salvador; es un agente del caos que destruye el viejo mundo y deja al ciudadano ante la pregunta más aterradora de todas: ¿Y ahora qué?. Si el pueblo no elige mejorar, la libertad es simplemente otra forma de condena. La novela no es una oda a la democracia, sino un examen intelectual sobre la responsabilidad individual.


El «Largo Alcance» del Estado Omnipotente

Moore retoma la antorcha de Orwell y Huxley, pero le añade un matiz contemporáneo que hoy resulta profético. En un mundo donde la vigilancia ya no se ejerce mediante pantallas de tubo, sino a través de algoritmos y el «maquillaje» de la información según intereses partidistas, el eslogan de la novela resuena con una fuerza renovada:

«El pueblo no debería temer a sus gobernantes; los gobernantes deberían temer al pueblo.»

Esta frase, que hoy adorna pancartas en protestas desde Hong Kong hasta Madrid, nació de la angustia de una generación que veía cómo la democracia podía ser «raptada» poco a poco, bajo la excusa de la seguridad nacional.


Un regalo para el intelecto

Esta edición de lujo no es solo para coleccionistas de viñetas; es para cualquiera que desee ejercitar el músculo de la reflexión. Es un recordatorio de que los personajes de Moore son magistrales porque son profundamente humanos, incluso cuando se esconden tras una máscara de Guy Fawkes.


V de Vendetta sobrevive a sus adaptaciones y a sus detractores porque no ofrece panaceas. Es un libro que, dentro de cincuenta años, seguirá siendo válido. Porque, mientras exista un gobierno que use el miedo como herramienta de adoctrinamiento, siempre habrá un lector, en algún rincón oscuro, esperando la chispa que lo haga despertar. Al final, Moore tenía razón: la única diferencia entre un loco y un mago es que el mago sabe que las ideas son, en efecto, a prueba de balas.

LIBRO V FOR VENDETTA. EN LA PORTADA SE PUEDE VER A EL PROTAGONISTA "V", Y UNA V DENTRO DE UN CÍRCULO QUE RECUERDA A LA "A" DE ANARQUÍSTA.

El Pynchon de los distritos: Alan Moore y la catedral de un millón de palabras

Si James Joyce hubiera nacido en una casa de protección oficial en Northampton, rodeado de fábricas de botas en decadencia y fantasmas sajones, el resultado habría sido, muy posiblemente, Jerusalén. Alan Moore, el hombre que una vez fue el arquitecto de los mitos modernos de DC, ha pasado diez años construyendo una estructura que no se puede leer, sino que se debe habitar: un tomo de 600.000 palabras que inclina la balanza con el peso de una profecía y la densidad de un agujero negro literario.

Al abrir Jerusalén, el lector no entra en una novela; entra en una colisión frontal entre el modernismo de entreguerras y el ocultismo proletario. Moore ya no compite con Neil Gaiman o Frank Miller; ahora sus rivales son Proust, Joyce y Pynchon. Y lo más inquietante es que, por momentos, parece ganarles la partida en su propio terreno.


Northampton como el Aleph de Borges

El título engaña. No busquen la Ciudad Santa de Oriente Próximo. La Jerusalén de Moore es la que soñó William Blake entre los «oscuros molinos satánicos» de la Revolución Industrial. El autor reduce su foco a los «Boroughs», un puñado de calles empobrecidas en Northampton, y mediante una investigación de una erudición sobrecogedora, expande ese código postal hasta convertirlo en el centro del espacio-tiempo.

Moore utiliza la física teórica —el universo de bloque donde pasado, presente y futuro coexisten simultáneamente— para decirnos que nadie muere realmente en los Boroughs. Los monjes sajones, los zapateros victorianos y los drogadictos contemporáneos caminan por las mismas aceras al mismo tiempo. Es un «Eternismo» que borra el libre albedrío pero otorga una extraña dignidad a las vidas más insignificantes.

El desafío estilístico: De Beckett al delirio de Lucía Joyce
Como un «mago» que despliega sus trucos más arriesgados, Moore dedica la segunda parte del libro a un virtuosismo estilístico que bordea lo maníaco. Hay capítulos que imitan la austeridad de Samuel Beckett y otros, de cincuenta páginas, que se sumergen en una corriente de conciencia que imita el Finnegans Wake a través de la voz de la hija de Joyce, Lucía.

No es mera imitación; es una posesión. Moore escribe como un Dios fracturado, saltando del humor más soez y terrenal —como las andanzas de su alter ego, la artista Alma Warren— a reflexiones metafísicas sobre la naturaleza de la conciencia humana.


¿Genio o exceso enloquecedor?

Cualquier crítica honesta debe admitir que Jerusalén es un «elefante en la habitación». Es intimidante, a veces farragosa y exige una entrega absoluta. Para algunos, será una cacofonía desorientadora; para otros, la obra seminal de una de las mentes más brillantes de nuestro siglo. Moore evita la batalla convencional del bien contra el mal. Aquí no hay superhéroes. Lo que hay es justicia suprema basada en la permanencia de cada momento vivido.

«La única diferencia entre un loco y un mago es que el mago sabe lo que está haciendo».


En Jerusalén, Moore sabe exactamente lo que hace. Ha construido una melancólica carta de amor a su hogar, un lugar que está siendo demolido por un «progreso» que él desprecia. Al final, el público de esta novela son aquellos lectores que se sienten prisioneros de su propia comprensión del mundo y buscan en el lenguaje una llave para escapar.


Moore debería haber escrito más novelas «serias», dicen algunos. Pero tras leer Jerusalén, uno comprende que no le hacía falta. Ha concentrado toda una vida de investigación, misticismo y genio en un solo objeto físico que desafía a la gravedad y al olvido. Es, sin duda, un maestro, aunque sea un maestro que prefiere quedarse en su rincón de Northampton, recordándonos que cada segundo de nuestras vidas es, en realidad, una conflagración eterna.

PORTADA DEL LIBRO "JERUSALEM" DE ALAN MOORE, PORTADA NEGRA, EN LOS MÁRGENES SE PUEDEN VER CARIOS SIGNOS, Y EN EL CENTRO UN LABERINTO. EN LA CABECERA ESTÁ ESCRITO: ALAN MOORE Y DEBAJO: "JERUSALEM"


En un mundo saturado de aplicaciones de meditación de Silicon Valley y algoritmos de autoayuda, una tecnología de 1909 sigue reclamando su trono en las mesitas de noche de todo el mundo. No requiere batería, solo una superficie plana y una mente dispuesta. Hablamos de la baraja Rider-Waite, el estándar de oro del simbolismo esotérico que, tras más de un siglo, no solo se niega a pasar de moda, sino que vive un renacimiento como herramienta definitiva de psicología aplicada y reflexión personal.


El Triunfo de lo Visual

Lo que diferencia a esta edición de U.S. Games de sus predecesoras —como el austero Tarot de Marsella— es su capacidad para «hablar» sin necesidad de un traductor. Antes de 1909, los Arcanos Menores eran meras repeticiones de símbolos: copas, espadas, oros. Pero la artista Pamela Colman Smith, bajo la dirección mística de Arthur Edward Waite, obró un milagro narrativo.

Cada carta se convirtió en una escena, un microcosmos de la experiencia humana. No necesitas un manual para sentir la derrota en el Cinco de Espadas o la plenitud familiar en el Diez de Copas. Es, en esencia, el primer libro de cuentos interactivo para el alma.

Más Allá de la Adivinación: El Espejo del Inconsciente
Existe un malentendido común —propio de las ferias de atracciones— de que el Tarot es una herramienta para predecir el número de la lotería o la fecha de una boda. Sin embargo, para el lector moderno, el Rider-Waite funciona más como un espejo psicológico.


Utilizar estas 78 cartas es un ejercicio de tarot evolutivo:

Autoconocimiento: Al observar el simbolismo arquetípico (el Loco que salta al vacío, la fuerza que amansa al león), el consultante proyecta sus propios bloqueos y deseos.

Claridad Estratégica: No impone un destino; ofrece una nueva perspectiva sobre conflictos laborales o emocionales, actuando como un consultor de gestión para la vida privada.

Guía Espiritual: En un presente frenético, el acto de barajar y observar una imagen invita a una pausa meditativa casi necesaria.


Una Edición de Culto y Resistencia

La versión de U.S. Games que nos ocupa mantiene la integridad de los colores originales pero con una concesión a la modernidad: un acabado brillante y plastificado. Mientras que los puristas del papel mate podrían arquear una ceja, el usuario práctico lo celebrará. Estas cartas están hechas para ser barajadas mil veces, para viajar en mochilas y para sobrevivir al uso diario sin perder el lustre de sus visiones.

Es importante señalar que, aunque el «librito» de instrucciones adjunto mantiene la tradición inglesa, la universalidad de sus imágenes supera cualquier barrera lingüística. Es un lenguaje visual que trasciende fronteras.


El Tarot Rider-Waite no es una reliquia del pasado, sino una brújula para el presente. En tiempos de incertidumbre, buscar consejo en los arquetipos de Waite y Smith es reconocer que, aunque la tecnología cambie, las preguntas fundamentales del corazón humano siguen siendo las mismas. Es, posiblemente, la mejor inversión en salud mental y reflexión personal que se puede adquirir por un precio excepcional.

Nota de seguridad: Como toda herramienta de introspección, el tarot ofrece perspectiva, no diagnósticos. Para asuntos médicos o financieros críticos, siempre es preferible consultar a un profesional colegiado antes que a los astros.

: The Authentic Rider-Waite® Tarot Deck with Instruction Booklet.

 Rider Waite Tarot Cards Deck. CARTAS DE TAROT. EN LA PORTADA PODEMOS VER A EL MAGO, CON EL SIGNO DEL INFINITO SOBRE SU CABEZA, SU BRAZO DERECHO ESTÁ LEVANTADO Y EN SU MANO PORTA UNA VELA ENCENDIDA.

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