
El último clavo en el ataúd del «Netflix de Oro»
Se acerca el principio del fin. Con el final de la última temporada de Stranger Things, decimos adiós no solo una serie, sino el último gran bastión del «contenido original» con alma. Creada en una época en la que Netflix buscaba suscriptores mediante la calidad y no la cantidad, la obra de los hermanos Duffer se erige como una anomalía en un catálogo hoy saturado de producciones desechables. Pero, ¿ha envejecido la serie tan bien como sus protagonistas?
La trampa de la nostalgia y el tiempo perdido
Stranger Things logró algo inaudito: que una generación de niños y adolescentes que jamás vivieron los 80 sientan una nostalgia visceral por ellos. La inclusión de iconos como Winona Ryder y una ciencia ficción auténtica —que evita lo espacial y lo cursi para centrarse en personajes que parecen personas reales— le otorgó un encanto inmediato.
Sin embargo, el éxito ha tenido un precio logístico: los intervalos eternos entre temporadas. Debido a retrasos y a una ambición de producción que raya en lo cinematográfico, hemos visto a los niños convertirse en adultos frente a nuestros ojos, a veces forzando la credibilidad de la trama. Para muchos espectadores, la espera ha sido tan larga que el impulso se ha diluido; el riesgo de «olvidar lo que pasó» es real cuando pasan dos o tres años entre capítulos. Netflix, consciente de su poder, ha llegado incluso a dividir las temporadas en dos volúmenes, un movimiento percibido por los más cínicos como un truco barato para asegurar dos meses de suscripción en lugar de uno.
Del terror adolescente al giro oscuro
A pesar de las críticas sobre el ritmo, es innegable que la serie ha sabido madurar. La cuarta temporada, con el ya icónico episodio de Max y la resurrección cultural de Kate Bush, rompió récords de audiencia (más de 286 millones de horas en su primera semana) y demostró que la serie podía volverse oscura y aterradora a medida que su reparto crecía.
Comparada con gigantes como Los Soprano o las mejores épocas de Juego de Tronos, Stranger Things mantiene una cualidad que escasea en la televisión de alta audiencia: es puramente entretenida.
El veredicto: El último clavo en el ataúd del «Netflix de Oro»
Stranger Things es, junto a fenómenos como El Juego del Calamar, la razón por la que Netflix sobrevive. Pero también es un recordatorio de lo que la plataforma solía ser. Una serie innovadora que se toma su tiempo para preparar a sus personajes secundarios —esos que la gente critica pero que son la clave de su profundidad— y que no teme al silencio ni a la evolución física de sus actores.
Con el final de la quinta temporada, presenciamos el cierre de un ciclo. Será difícil que volvamos a ver algo igual en una era de algoritmos que priorizan la «reproducción automática» sobre la narrativa. Extrañaremos Hawkins, no porque fuera un lugar perfecto, sino porque fue el último lugar donde Netflix nos permitió soñar de verdad.