
el futuro no será europeo ni americano, sino un autoritarismo bajo el sello de Beijing.
Durante décadas, Europa vivió bajo la ilusión de un «hermano mayor» al otro lado del océano. Contribuimos al dólar, alimentamos su industria con nuestro talento y nos encaminamos hacia un ideal transatlántico. Pero la máscara ha caído. El desdén mostrado desde la guerra de Irak hasta hoy revela una verdad incómoda: Estados Unidos no busca la unidad occidental; nos menosprecia como «socialistas perezosos». Hoy, mientras Washington se repliega sobre sí mismo, Europa se enfrenta a un punto de inflexión histórico: o acepta el liderazgo global, o desaparece en la irrelevancia.
El vacío de poder y el Plan B global
Estados Unidos se está reduciendo, y eso deja un vacío que solo dos entidades pueden llenar: China o Europa. La ventaja europea es moral. A nadie le gusta realmente el modelo chino; si Europa logra proyectar un liderazgo cohesivo, se formará una coalición natural a su alrededor.
No es solo una teoría. Canadá ya está, de facto, «en Europa»; la integración formal es solo cuestión de tiempo. Democracias como México, Brasil e Indonesia, junto con potencias tecnológicas como Japón y Corea, están desempolvando sus «Planes B». En un mundo post-Estados Unidos, estas naciones preferirían gravitar hacia una hegemonía europea, percibida como más ética y equilibrada, siempre y cuando Europa encuentre la confianza para aceptar el cargo.
El coste de la corona
Forjar una hegemonía no es solo una carga; es un negocio de beneficios inmensos que los estadounidenses solo valorarán cuando los pierdan. Pero para Europa, el acceso a esos beneficios requiere una catarsis previa. Estamos paralizados por un estancamiento político donde los intereses nacionales eclipsan los colectivos. Si ni siquiera hay consenso sobre Ucrania —un interés vital en nuestra propia frontera—, ¿cómo esperamos dirigir el mundo?
El entorno de seguridad actual nos recuerda peligrosamente a la década de 1930. Al romperse la paz extraordinaria que garantizaba el paraguas nuclear estadounidense, la probabilidad de una guerra regional a gran escala es real. Europa se enfrenta a este desafío con las manos atadas: falta de materiales básicos, energía prohibitiva, deudas masivas, una desindustrialización galopante y sistemas de pensiones sin ahorros.
La crisis de identidad y el factor humano
El problema no es solo logístico, es demográfico y cultural. Muchos de nuestros jóvenes provienen de culturas diversas y no sienten el arraigo necesario para arriesgar su vida por una nación europea que no consideran propia. Además, la sombra de la historia pesa: las dos últimas veces que Alemania se armó, el mundo ardió. El miedo europeo al rearme es, en parte, un miedo a sus propios fantasmas.
Veredicto: El despertar del gigante perezoso
Los europeos somos excelentes en ceremonias y discursos, pero el tiempo de la retórica se ha agotado. La crisis de soberanía no mató al euro ni a la UE, demostrando que somos más resistentes de lo que Washington cree. Es hora de recordar nuestra propia fuerza.
Estados Unidos ha dejado de ser un amigo para convertirse en un pariente lejano y resentido. Europa debe asumir que está sola y que esa soledad es su mayor oportunidad. El liderazgo europeo no será un reflejo del estadounidense; será una hegemonía forjada en la necesidad, la moralidad y la supervivencia. Si no lo logramos, el futuro no será europeo ni americano, sino un autoritarismo bajo el sello de Beijing.


