
Europa es un continente que envejece mientras su margen fiscal se agota
El síndrome del nido vacío: Por qué Europa teme despertar sin el paraguas de Washington
La aritmética es engañosa. Sobre el papel, Europa posee una población que iguala a la de Rusia y los Estados Unidos combinados. Sus economías, aunque estancadas, mantienen estándares de vida que son la envidia del globo. Sin embargo, en las cancillerías de Bruselas, Berlín y París, el aire está saturado de un miedo atávico. ¿De dónde viene esta parálisis ante la idea de la autonomía? La respuesta no está en los mapas, sino en los libros de contabilidad y en las pirámides poblacionales.
El socio menor ante el espejo
Tras décadas de actuar como el «socio menor» bajo la tutela estadounidense, verse obligado a liderar resulta intimidante. El liderazgo no es solo una cuestión de prestigio; tiene repercusiones financieras brutales. Asumir una defensa propia obligará a desmantelar el modelo de gasto tradicional. En términos claros: para que Europa tenga una espada, tendrá que recortar su escudo social. El «Estado de Bienestar», piedra angular de la identidad europea, es el rehén de su propia seguridad.
El problema es que Europa no es un Estado, sino una confederación con 27 agendas divergentes. El consenso es un espejismo cuando figuras como Orbán o Fico juegan al sabotaje interno, y la sombra de un giro hacia la derecha nacionalista en Francia o Alemania amenaza con dinamitar la unidad. La unanimidad, esa regla diseñada para la cortesía, se ha convertido en el nudo gordiano que impide a la Unión actuar como la superpotencia que los números dicen que es.
El paraguas que se convirtió en jaula
Durante la Guerra Fría, Estados Unidos incentivó la desindustrialización militar de Europa para asegurar su liderazgo en la OTAN. Fue un pacto de conveniencia: Washington proporcionaba el paraguas nuclear y Europa se dedicaba a construir sociedades prósperas. Pero ese paraguas tenía un precio: la dependencia tecnológica y estratégica.
Hoy, Polonia y otros estados siguen comprando seguridad estadounidense porque están atados por contratos que durarán décadas. Es el círculo vicioso de la «defensa llave en mano»: no sabes cómo valerte por ti mismo porque hace mucho que olvidaste cómo forjar tus propias armas. Mientras tanto, Estados Unidos, con la mirada puesta en el Pacífico, ya no puede —o no quiere— ser el escudo exclusivo de un continente que se niega a armarse.
La crisis de los 50 años
Pero el enemigo más implacable de Europa no es Rusia, ni el aislacionismo de Trump, sino el reloj biológico. Con una media de edad cercana a los 50 años, Europa es un continente que envejece mientras su margen fiscal se agota. Mantener a una población jubilada es cada vez más costoso, y el reclutamiento para unos ejércitos que necesitan juventud es una quimera demográfica. Un ejército de 300.000 hombres en Italia suena impresionante hasta que te das cuenta de que la fuerza laboral civil no puede permitirse perder esos brazos.
El veredicto: Una confederación de intereses locales
Europa sigue siendo un mercado desarticulado. Sus sistemas de pensiones, salud y banca siguen siendo feudos nacionales que protegen el interés local a costa de la eficiencia global. En este juego de suma cero, el crecimiento económico es inexistente y el margen de maniobra, nulo.
La oportunidad es de oro: una unión militar real, el fin de la unanimidad y un liderazgo unificado. Pero mientras el «consenso general» siga siendo bloqueado por el 2% del PIB continental y la cobardía se disfrace de pacifismo, Ucrania y la propia seguridad europea seguirán dependiendo de los caprichos de un aliado al otro lado del Atlántico que ya tiene las maletas hechas para mudarse a Asia.


